Es una de las manifestaciones culturales antiguas que aún persisten en el centro de nuestro país; se ha transmitido de generación en generación, durante la colonia se mezcló con elementos cristianos; sin embargo, en su forma ritual, subyace la invocación profunda a los elementos naturales como son la tierra, el agua, el fuego y el viento.
El toque del caracol, el sonido del huéhuerl, el del teponachtle, las flautas de carrizo y de barro, por mencionar algunos instrumentos antiguos, se unieron al sonido melódico y armónico de la guitarra de origen árabe que trajeron los españoles. Así la danza azteca es conocida como “concheros”, ya que hay en ella algunos danzantes que llevan una guitarra hecha con una concha de armadillo.
En el Estado de Guerrero, en Ixcateopan para ser más preciso, donde los danzantes del Distrito Federal, Estado de México, Querétaro, Guanajuato, Morelos, Veracruz y Jalisco han encontrado un lugar de veneración, pues Cuauhtémoc quien fuera nuestro último Tlatoani descansa en el altar de una iglesia de este lugar obligado de veneración para los danzantes aztecas.
La raíz profunda de esta danza encontró eco en individuos de tierras guerrerenses y algunos hicieron lo que su corazón les dictaba. Oyeron las voces de su tradición náhuatl y se enlistaron en el ejército de guerreros águilas y tigres.